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Parque Melgar


                                                                                                                   

El Parque Melgar


 Parque Melgar 1928


Lleva el nombre del poeta arequipeño Mariano Melgar, fusilado después de la batalla de Umachiri en 1815. Con el paso del tiempo, se convirtió en un personaje emblemático para Arequipa.


frente a la antigua estación del ferrocarril queda el parque Melgar, en homenaje al poeta arequipeño que murió fusilado en el campo de Umachiri, en 1815, luego de participar en la batalla del mismo nombre, al lado de Pumacahua, en calidad de auditor de guerra. Estudió en el Seminario de San Jerónimo, en la época que el obispo Chávez de la Rosa realizó una importante reforma en el plan de estudios del Colegio Seminario. Su precocidad hizo que al mismo tiempo fuera profesor y alumno. Sin embargo, no optó por la carrera eclesiástica que era el deseo de su padre.

La figura de Melgar está relacionada con el yaraví y su participación en la lucha emancipadora peruana. Su historia personal y el tipo de género que cultivó lo ubican en la literatura romántica. No solo fue un poeta enamorado sino también una persona comprometida con la realidad y el entorno que le tocó vivir. Equivocadamente se piensa que abrazó la causa patriota como respuesta a un amor despechado. Por el contrario, paralelamente a su actividad literaria estuvo comprometido con las ideas insurrectas en aquel momento. Su presencia en la rebelión de 1814 fue consecuencia de reuniones previas, con otros criollos como él, que compartieron el mismo ideario de lucha.

A comienzos del si-lo XIX, los movimientos criollos en hispanoamérica se plantearon la búsqueda de un sistema alternativo al colonial. La postergación de que eran objeto hizo que buscaran igualdad de condiciones y trato con los españoles. Esto hizo que años antes, cuando se produjo la convocatoria de diputados a las Cortes de Cádiz, los criollos encontraran en aquella coyuntura política la oportunidad de lograr sus reivindicaciones sociales.


La sociedad colonial fue marcadamente jerarquizada. Los cargos públicos, después de las reformas borbónicas en el siglo XVIII, estuvieron reservados a los peninsulares en desmedro de los criollos americanos. La carta a los españoles americanos del precursor Juan Pablo Viscardo y Guzmán denuncia esta situación, contraria a los intereses de los propios hijos del país. Esto llevó a los criollos americanos a reflexionar sobre el mejor derecho que ellos tenían con relación a los españoles para dirigir los destinos de un país que consideraban suyo.




La creación de la Sociedad Amantes del País anunciaba el despertar de una nueva conciencia ciudadana. Igualmente, el surgimiento de la idea de patria convirtió a los criollos americanos en protagonistas de su propia historia. Cierto que no todos participaron de las mismas ideas. En realidad, los historiadores coinciden en señalar que las ideas libertarias en el Perú estuvieron representadas por un grupo minoritario de abogados y sacerdotes ilustrados. Uno de ellos fue Mariano Melgar, joven intelectual arequipeño que en su época formó parte de la tertulia literaria de Arequipa, junto a José María Corbacho y Mariano José de Arce. Allí, recuerda Gustavo Baca Corzo, no solo compartían su afición literaria sino que también conspiraban. Esto hizo que estuvieran bajo vigilancia de la autoridad colonial.


La Constitución de Cádiz de 1812 equiparó en igualdad de condiciones a los criollos americanos con los españoles peninsulares. Sin embargo, restablecido en el trono el rey Fernando VII, dicha Constitución fue derogada, de manera que cualquier expectativa entorno a ella acabó abruptamente.


Se puede afirmar que, durante el periodo de la ocupación napoleónica de España, entre los criollos peruanos se anidó la esperanza de un cambio. Incluso la elección de José Baquíjano y Carrillo, como consejero de Estado, fue motivo de celebración en Arequipa y otros lugares del virreinato. Lo mismo sucedió con la juramentación de la Constitución doceañista que fue de corte liberal. Sin embargo, el restablecimiento del régimen anterior, en España, significó un retroceso para los criollos y sus ideales reformistas. No había otra posibilidad que pensar en un sistema alternativo al colonial, como afirma la historiadora Scarlet   O'phelan.

Fue en este contexto que Melgar se sumó a las huestes de Pumacahua en Arequipa, luego que estalló el movimiento rebelde en el Cusco, en 1814. La suya, por cierto, no fue una actitud improvisada, fruto de las circunstancias del momento. Desde mucho antes había demostrado simpatía por la causa patriota, participando primero en la tertulia literaria de Arequipa y, después, componiendo fábulas con contenido político y social.

Estuardo Núñez Hague en el texto titulado "Un manuscrito autógrafo y desconocido de Mariano Melgar" comenta algunas de esas fábulas, como por ejemplo, "Los gatos" y "El Murciélago" con alusión a patriotas y tiranos, "El cantero y el asno" con su admonición de que "Dios sólo puede mandar del uno al otro polo", y "El asno cornudo" con la afirmación de que "Dios ha dado al pueblo voto y fuerza".


Se le atribuye también una "Marcha patriótica" que habría sido escrita con motivo del ingreso de las tropas de Pumacahua a la ciudad de Arequipa. Una estrofa dijo lo siguiente:



Ya llegó el dulce momento
En que es feliz Arequipa,
Ya mi suelo se disipa
El Despotismo feroz:

Y agregó:

Ya se puede a boca llena Gritar: 
que la Patria viva, 
Que la libertad reciba 
Que triunfe nuestra Nación.


En ambas estrofas hay varios conceptos que hicieron dudar la autoría de Melgar. Sin embargo, la idea de patria como el lugar donde se ha nacido, en un sentido de pertenencia con el territorio nacional, fue concebida en el siglo XVIII. La nación, por su parte, comprende al colectivo de personas que forman parte del territorio. Resume, en cierta forma, la conclusión a que llegaron los criollos luego de reconocerse como una sociedad diferente a la española, con sus valores y patrones culturales, qué duda cabe, pero de una naturaleza distinta, fruto del sincretismo cultural entre ambos pueblos: el español y el inca.

Melgar cayó prisionero y, en 1815, fue fusilado por los realistas. Sus restos hasta la fecha siguen siendo un misterio. Aunque se sabe que fueron trasladados de Umachiri al cementerio de La Apacheta, cuando éste fue inaugurado por el prefecto Salas en 1833. En aquella oportunidad, pronunciaron emotivos discursos los doctores Manuel Amat y León y el Deán Juan Gualberto Valdivia.


Con motivo del centenario de su nacimiento, en 1890, los descendientes del poeta organizaron varias actividades con el apoyo del Municipio Provincial, entonces a cargo de Diego Masías y Calle. Uno de esos homenajes fue la debelación del busto de Melgar en la plaza mayor de la ciudad. Así como también la publicación de una antología de sus obras, realizada por su sobrino José Moscoso Melgar.


Cabe precisar que, por un error familiar, se pensaba que Melgar nació el año de 1791. Al punto que los homenajes organizados en su honor, con motivo del centenario de su nacimiento, se realizaron en 1891. El posterior hallazgo de su partida de nacimiento vino a aclarar la inicial confusión, estableciéndose que nació en 1790.


Fue a partir de 1890, por citar una fecha, que Melgar se convirtió en una figura emblemática para los arequipeños. Después de la guerra del Pacífico, el tema identitario cobró inusitada importancia. Hubo entonces la necesidad de buscar elementos comunes que le permita a sí mismo reconocerse como un pueblo rebelde y combativo. En el caso de Arequipa, su historia reciente así lo demostraba. En ese contexto, la figura de Melgar viene a resumir los rasgos característicos del nuevo arequipeño, por un lado, el poeta romántico, y, por otro lado, el guerrero que luchó por los ideales de libertad y justicia.
Su busto luego será trasladado, por breve tiempo, a la plaza Bolognesi, hoy parque Duhamel, hasta contar con un monumento propio en el parque que hoy lleva su nombre.


FUENTES:
Scarlett O'PHELAN GODOY (Compiladora). La independencia del Perú.
De los Barbones a Bolívar. PUCP / Instituto Riva - Agüero. Lima 2001.
Gustavo BACA CORZO. José María Corbacho. Colección Hombres que
Hicieron el Perú.
Estuardo NÚÑEZ HAGUE. Un manuscrito autógrafo y desconocido de
Mariano Melgar. En revista "Fénix", órgano de la Biblioteca Nacional del Perú.

Cayma



                               
               


 Cayma 1893 vista desde la calle Alpaca




 Iglesia de Cayma






 Interior de la Iglesia de Cayma 1893





 Vista ampliada desde la calle alpaca 1893 se puede apreciar el arco  de sillar  que sobrevivió al gran terremoto de 1868






 Vista desde el antiguo Observatorio de Carmen Alto, donde  se puede apreciar el pueblo y la antigua iglesia del pueblo






 Carmen alto  nostálgica imagen de  la vida rural de antaño 




    Imágenes del archivo de la Universidad de Harvard  1893
                                                                                                                                          

                   
                                 

Iglesias


 Templo de San Juan Bautista de la Chimba  "Yanahuara" 

Templo de San Francisco  a comienzos del siglo XX
 Templo de Nuestra señora de la Merced

Catedral de Arequipa









El corazón de la ciudad es su Plaza Mayor, a partir de la cual comienzan las calles en línea recta, tal como fueron trazadas desde la fundación española de Arequipa, lo que hoy constituye el centro histórico de la ciudad.

Nuestra Plaza Mayor ha sufrido cambios a través de la historia colonial y republicana de Arequipa. Pero lo que no ha cambiado ha sido su significado histórico, como escenario de sucesos que forman parte de la historia nacional.


Es imposible un recuento pormenorizado de los muchos sucesos de que seguramente fue testigo nuestra Plaza Mayor. Basta mencionar que allí confluyeron la mayoría de levantamientos armados que caracterizaron la azarosa vida republicana de Arequipa. Los caudillos civiles y militares usaron ese espacio para insuflar el ánimo de la gente, y así poder garantizar el triunfo de aquello por lo que luchaban. No hay político que no haya querido medir su popularidad en ese lugar.







Pero también la Plaza Mayor fue escenario de actos litúrgicos que escuchó la voz de consagrados oradores sagrados como Víctor Andrés Belaunde. El propio Mario Vargas Llosa que volvió a su ciudad natal en 1940, con apenas 4 años de edad, recordó en "La semilla de los sueños", el asombro que le provocó la multitud de gente reunida en la plaza principal, con motivo de la celebración del Congreso Eucarístico Mariano, coreando lemas alusivos a la Virgen María.

Este mismo personaje, hoy Premio Nobel de Literatura 2010, comenzó y cerró su campaña política en 1990, en la Plaza Mayor de Arequipa, cuando postuló a las elecciones presidenciales de ese año. Muchos de nosotros lo vieron entonces encima de un enorme tabladillo revestido con los colores del Perú, acompañado de los líderes históricos Fernando Belaunde Terry y Luis Bedoya Reyes. Por allí también transitaron el general Juan Velasco Alvarado, durante la época del gobierno militar, y el doctor José Luis Bustamante y Rivero, cuando postuló a la presidencia del país en 1945 y luego que regresó de su exilio en 1956.


La plaza fue escenario de la gesta de junio del 2002 y de la rebelión de junio de 1950. Aquella vez el caudillo Francisco Mostajo convocó a un cabildo abierto para constituir una Junta de Gobierno Local que él presidió durante los días de levantamiento popular. El movimiento fue resultado de la reacción espontánea del pueblo arequipeño contra el abuso de autoridad que protagonizó el prefecto Meza Cuadra en perjuicio de los estudiantes de la Independencia.


La intervención de destacados profesionales del medio local dio forma a la rebelión espontánea del pueblo. La idea, sin embargo, no fue protagonizar una rebelión contra el gobierno, sino más bien impedir que siguiera el enfrentamiento entre el ejército y el pueblo. Fue, por eso, que no tuvo una motivación política. Se opuso, por el contrario, al aprovechamiento político del movimiento.



Con ese fin se acreditó un grupo de personas que portando bandera blanca debían conversar con la autoridad militar de la plaza. Javier de Belaunde, Arturo Villegas, Amoldo Guillén y Carlos Bellido, quien se sumó espontáneamente al grupo, formaron parte del "parlamento trágico", como lo llamó en Inspirado poema el caudillo Francisco Mostajo. En cumplimiento de su misión cayó el joven abogado Arturo Villegas. Fueron heridos Javier de Belaunde y Carlos Bellido, éste último con un disparo de necesidad mortal. Hasta la fecha se conserva la placa en el lugar donde cayeron abatidos los parlamentarios entre los pedestales de la esquina de la plaza que mira hacia la Iglesia de Ia Compañía.







La misma plaza fue escenario en 1955 del movimiento cívico que luchó para garantizar elecciones libres en 1956. En el mes de diciembre de ese año, frente catedral hicieron uso de la palabra Javier de Belaunde, Mario Polar, Julio Ernesto Portugal, Enrique Chirinos Soto, Jorge Bolaños y otros dirigentes contrarios al  gobierno autoritario del general Odría. Según Javier de Belaunde, el impacto lo político del movimiento cívico de 1955 fue de mayor importancia con  relación a junio de 1950.
E n la pontezuela el tribuno Francisco Mostajo se dirigió al pueblo para reivindicar a sus derechos y hacerse intérprete de sus necesidades. Mostajo convirtió a la  pontezuela en improvisada tribuna popular. Así lo recuerda una placa ubicada en el arco lateral derecho de la Catedral.
 También fue llamada Plaza de Armas, porque allí se realizaron los desfiles cívicos y militares de la ciudad. En el siglo XIX, los portales alrededor de
La plaza lucían un solo piso. El mercado de abastos funcionaba allí mismo. Y en ese mismo lugar fue fusilado el general Felipe Santiago Salaverry, el 18 de febrero de 1836, luego de ser derrotado por el general Santa Cruz en la batalla de Socabaya. A continuación fue juzgado sumariamente por un Consejo de Guerra que lo condenó a la pena capital. La sentencia se ejecutó en la Plaza de Armas de Arequipa. A su lado murieron varios de sus lugartenientes. Sus biógrafos han recordado para la posteridad que sus últimas palabras fueron: "La ley me ampara". Posiblemente en alusión a la primera descarga de fusilería fallida. El momento que entonces se vivió fue de mucho dramatismo.


Arturo Villegas en su libro "Un decenio de la historia de Arequipa, 1830 - 1840" se ocupa de los últimos instantes en la vida de Salaverry, a quien calificó de "defensor enconado de la auténtica nacionalidad". Cuenta Villegas que "los asientos fueron colocados desde la Pila hacia el portal de Flores, dando la espalda a la Catedral". Salaverry fue conducido desde su temporal prisión en el actual Club de Arequipa hasta el lugar indicado por Villegas. Fue entonces que los tiradores dispararon. Cayeron todos, dice Villegas, menos Salaverry "que se paró y corrió algunos pasos detrás de la silleta y volvió hacer señal con la mano para que no le tirasen, diciendo con voz gruesa: 'La ley me ampara'. Descargaron sin embargo los soldados y cayó muerto". Solo entonces fue posible establecer el proyecto de la Confederación Perú - boliviana..


Igual suerte corrió el general venezolano Trinidad Moran, quien fue fusilado en la Plaza de Armas por orden de Domingo Elias. Era el año de 1854. El entonces presidente constitucional José Rufino Echenique se vio envuelto en un grave escándalo de corrupción que originó el levantamiento armado del general Ramón Castilla. El escenario de la guerra civil fue nuevamente Arequipa. Morán fue defensor del orden constitucional y Elias partidario de la revolución "moralizadora" abanderada por Castilla. Al final Morán fue derrotado y reducido a prisión en la Quinta de Landázuri (hoy desaparecida, en el acceso a Selva Alegre). Desde allí fue llevado a la Plaza de Armas para ser fusilado, a pesar de los ruegos y suplicas de varios elementos representativos de la sociedad arequipeña. Su paso por la calle que lleva su nombre, a un costado del teatro, donde vivía su familia, tuvo caracteres dramáticos.

Rodean a la plaza tres portales cuyos nombres son los siguientes: Portal de San Agustín, Portal de la Municipalidad y Portal de Flores. El primero en referencia a la Universidad Nacional de San Agustín, fundada el 11 de noviembre de 1828, y que funcionó en la calle del mismo nombre. El segundo lugar porque allí funcionó el local del cabildo, ayuntamiento o municipio desde la época de la Colonia. En tanto que el Portal de Flores lleva ese nombre en recuerdo del Alférez Real Juan Flores del Campo, fundador de Camaná, cuyo solar quedaba precisamente frente a la Iglesia de la Compañía en Arequipa.

Claro que no siempre tuvieron el mismo nombre. Juan Guillermo Carpió Muñoz refiriéndose al tema señala que antiguamente el Portal de Flores se llamó del Regocijo, porque allí tenían lugar las actuaciones y celebraciones públicas, mientras que al frente, en el Portal de San Agustín, antes llamado de las Delicias, se ubicaban las vivanderas, pasteleros y vendedores de colaciones y golosinas. El Portal de la Municipalidad también recibió el nombre de la cárcel, porque hizo las veces de local de prisión de la ciudad.

La catedral es igualmente otro icono de la ciudad de Arequipa. Su historia atraviesa por varios periodos marcados por incendios y terremotos que fueron mejorando su construcción. Allí pontificaron por más de tres siglos las autoridades eclesiásticas de la ciudad. Hasta antes del terremoto de 1868 los famosos cajoncitos se ubicaron frente a la Catedral. En una de las tiendas pertenecientes a su fábrica vivió el célebre cura arequipeño Mariano José de Arce, quien en la modesta ventana de su vivienda colocó un cartel que decía: "¡Viva la patria!", justo en el momento en que los hermanos Angulo y Pumacahua proclamaron la rebelión en el Cusco contra los realistas en 1814.



Otro personaje de leyenda que se ubica en el centro de la plaza es el "Tu-turutu", testigo de excepción de parte importante de nuestra historia contemporánea y moderna. Su ubicación privilegiada ha hecho que sea motivo de historias y leyendas acerca de su origen. Lo cierto es que este personaje sigue allí en su atalaya anunciándonos la proximidad de nuevas y decisivas páginas en la historia local.





La Catedral de Arequipa


El principal templo de Arequipa, es su Catedral, aunque su factura actual corresponde a la época colonial, con algunas adiciones, supresiones y modificaciones, pero que en lo sustancial mantiene la estructura que el albañil Andrés de Espinoza empezó a construir en 1621.


Desde el momento mismo de la fundación española de Arequipa, el 15 agosto de 1540, se estableció la ubicación de la iglesia matriz de la futura ciudad. Al poco tiempo, como sostiene el historiador arequipeño Guillermo Galdos Rodríguez, se comenzó a emplear el sillar en la construcción de algunos edificios, como la primitiva Iglesia Mayor de Arequipa.

En efecto, el cabildo contrató con el alarife Pedro Godínez la construcción de la iglesia y la portada de la misma fue encomendada al maestro cantero Toribio de Alcaraz, quien contaba con magníficos picapedreros nativos del Tahuantinsuyo.

La obra fue mejorada con la construcción de la capilla de la iglesia, a cargo del famoso arquitecto Gaspar Báez, quien también construyó el puente real o puente viejo, hoy llamado Bolognesi.

Un fenómeno natural, sin embargo, acabó con la primitiva iglesia de la ciudad. Se trató del terremoto del 22 de enero de 1582. Los cimientos de la primitiva iglesia construida en 1544, sirvieron de base a las ocho pilastras que dividían la nave central de las laterales. El encargado de esta nueva obra fue el albañil Andrés de Espinoza. Su contrato fue firmado el 27 de enero de 1621, cuando era obispo Pedro de Perea. En una de las cláusulas se estipuló la construcción de otra torre al lado de la calle Santa Catalina. Hasta entonces la iglesia solo contaba con una torre que estaba situada hacia la calle Mercaderes. El detalle del contrato consideró incluso los materiales de construcción: argamasa de cal y arena, bóveda de ladrillo, etc.


Su diseño y construcción fue muy importante, "por el hecho de que este edificio de la Catedral que construyó el albañil don Andrés Espinoza, básicamente es el que perdura, hasta nuestros días; con algunas adiciones, supresiones y modificaciones, en fin, pero sus estructuras siguen luciéndose a los ojos del admirador de este edificio extraordinario", afirma Galdos Rodríguez.


Sin embargo, falleció Espinoza y quedó temporalmente paralizada la obra, también por falta de presupuesto. Años después fue reemplazado por el arquitecto Juan de Aldana, a quien el obispo Gaspar de Villarroel contrató el 13 de febrero de 1653. En realidad, continuó y terminó la obra iniciada por Espinoza en 1621. Tan es así que a los tres años quedaba totalmente concluido el edificio.


Un siglo después, el obispo Juan de Cavero y Toledo hizo construir la iglesia de San Juan, junto a la Catedral de Arequipa. Pero el posterior sismo de 1784 destruyó bastante el templo de San Juan y hubo necesidad de eclesiásticamente suprimirlo.

Fue a raíz del incendio de 1844 que se echó la pared que separaba la Catedral con la iglesia de San Juan y en su reemplazo se añadieron cuatro pilastras, para que soportaran el techo de la bóveda de ladrillo. La obra de reconstrucción estuvo a cargo del arquitecto Lucas Poblete, el mismo que intervino en la reconstrucción de la Catedral, después del terremoto de 1868.


En opinión de Galdos Rodríguez, "no se hizo la construcción de un nuevo templo, como algunos han supuesto incorrectamente, sino reparaciones de lo dañado en el terremoto de 1868".
Se destruyeron, por ejemplo, las torres de la Catedral y un frontón triangular, consistente en un cuadro de la Asunción.

La construcción de las torres recién comenzó el año de 1872, y estuvo a cargo del arquitecto Lucas Poblete. Pero no se pudieron concluir, debido a la falta de fondos.
A fines de 1897 empezaron nuevamente las obras de construcción de las torres de la Catedral. Al efecto, el arquitecto Juan Agustín Rodríguez Prado firmó el contrato para ejecutar la importante obra el Io de setiembre de 1897.

En aquella ocasión "El Deber" informó lo siguiente: "Hoy ha celebrado sesión la Junta reconstructora de la Catedral, bajo la presidencia del señor prefecto". Fue entonces que se "aprobó el contrato celebrado con don Juan Rodríguez para la terminación de las torres, conforme al diseño que presentó el notable arquitecto jesuita, hermano Morales, que estuvo hace poco de paso por esta ciudad, y que ha dirigido la reconstrucción de la Matriz de Lima".


La información periodística sigue diciendo lo siguiente: "Dicho diseño ha sufrido algunas pequeñas modificaciones por parte de la comisión nombrada con ese objeto y que la componen los señores Eduardo L. de Romaña, Santiago Vargas y Bal tazar J. Zapater".
Y agregó: "Se empleará en dichas torres, como material preferente, hormigón, rieles y planchas de zinc".

Concluyó la nota con satisfacción diciendo: "Nuestra Catedral quedará esbelta, dentro de poco tiempo".
En dicho contrato suscrito con la Junta encargada de llevar adelante la obra, el arquitecto Juan A. Rodríguez se comprometió a ejecutarla en el término de seis meses. Y señaló que si esta no fuese concluida en el tiempo señalado a la fecha establecida, abonaría una multa de diez soles por cada día de retardo.


Pasó luego a enumerarse en las demás cláusulas, los pormenores de la construcción y material a emplearse. Así, por ejemplo, la cláusula cinco decía: "El material empleado en esta obra será hormigón del más resistente y apropiado al género de la construcción sobre armazón de rieles sólidamente dispuesto (...)".
Trató luego detalladamente sobre trabajos específicos, como las ligaduras de los rieles, el remate de las torres (con planchas de zinc), espesor de las columnas, molduras, final de las torres, etc.
La obra de construcción de las torres costó 6 mil soles. Señaló el contrato un anticipo de mil 500 soles y 500 soles a los 45 días de comenzada la obra y el resto en armadas de 500 soles cada quince días.


Suscribieron el contrato Alejandro López de Romaña, entonces prefecto de Arequipa, y el arquitecto Juan A. Rodríguez. Las torres de la Catedral y su remate se terminaron en 1901.

Desde entonces se mantuvieron intactas. Inclusive soportaron los terremotos de 1958 y 1960. Es tan solo con el terremoto del 23 de junio del 2001 que las torres de la Catedral se derrumbaron, una más que la otra. Siendo reconstruidas, gracias a un crédito internacional, durante la gestión municipal del doctor Juan Manuel Guillén Benavides. Además de los pórticos de la Catedral de Arequipa. Se llegaron a realizar 599 piezas de sillar solo para los pórticos y 3551 piezas para las dos torres.

En la Catedral se oyeron las voces de los obispos Pedro de Perea, Gas-par de Villarroel, Manuel Abad Illana, José Sebastián de Goyeneche y Barreda, Bartolomé Herrera, Juan Ambrosio Huerta, Manuel Segundo Bailón Manrique y Mariano Holguín, entre otros oradores sagrados, como el Dean Juan Gualberto Valdivia. En su interior hasta hoy se conserva el cementerio que guarda los restos de las principales autoridades eclesiásticas de Arequipa.

FUENTES:
Guillermo GALDOS RODRÍGUEZ. La Catedral de Arequipa. Archivo Departamental de Arequipa, 1986.

Mario Rommel y Demmber Alonso ARCE ESPINOZA. La reconstrucción de la Catedral. En: Ingeniería en Arequipa. Revista del Colegio de In-genieros del Perú - Consejo Departamental Arequipa. Año Vil, N° 12, enero 2003.


Cronología de la Catedral